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“Ver lo invisible, oír lo inaudible”: las percepciones de Rimbaud

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Jean Nicolas Arthur Rimbaud (1854-1891).

El arte en cualquiera de sus representaciones tienen la asombrosa capacidad de perdurar en el tiempo e influir y retroalimentar el ideario de las nuevas generaciones de artistas. El legado de los creadores de cultura supera en muchas ocasiones sus expectativas. Incluso, muchos de ellos mueren sin ser plenamente conscientes de su éxito y del calado de sus obras.

En los cuadros de Arturo Doñate no encontramos únicamente influencias de tendencias pictóricas, hay muchos otros factores que matizan el estilo Doñate.

Hoy cambiamos el pincel por la pluma, y los colores por versos gráciles. Las letras también esculpen el imaginario de Doñate. Hablamos de las obras del poeta maldito, Arthur Rimbaud. La figura sombría, alocada y viajera de Rimbaud siempre ha intrigado a Doñate. La admiración de Arturo Doñate por el poeta francés queda plasmada en su obra Rimbaud-Absinthine (óleo sobre madera, 60 x 50 com) incluida en su colección Falso Collage

 

La relación de Arturo Doñate con Arthur Rimbaud empezó muy pronto. Siendo un adolescente Doñate desarrolló una sensibilidad especial hacia la poesía. Los textos simbólicos de Rimbaud se convirtieron en compañeros de viaje. La presencia del gran poeta francés formó parte de la primera exposición que Arturo Doñate realizó en solitario en la Sala de exposiciones Terra de Castellón en 1987. Doñate eligió un poema corto, de versos sencillos, pero con una gran carga emocional protagonizada por colores convertidos en sensaciones.

La estrella lloró rosa…

La estrella lloró rosa, prendida de tu oído,

el infinito, blanco, roló por tus espaldas,

el mar tornasoló pelirrojo tus tetas

y el hombre sangró negro por tu flanco de diosa.

Resulta complejo sintetizar la vida y obra de Arthur Rimbaud. El talento precoz de Rimbaud hizo que a los 8 años escribiera sus primera líneas. Se atrevió primero con la prosa. A los 10 años se entregó a la poesía. Sus obras presentaban una madurez y complejidad inaudita en un niño de su edad. Escribía versos en latín y la genialidad de sus textos dejaba entrever una mente privilegiada que pasaría a la historia como un referente de la literatura universal.

Una infancia marcada por la inestabilidad familiar, una adolescencia entregada al desenfreno, a la decadencia y una relación sentimental enfermiza con el también poeta francés Paul Verlaine construyen la personalidad del poeta. A los 19 años abandonó la literatura, enterró su pluma y no volvió a escribir ni una sola línea. Entre sus obras destacan: Una temporada en el infierno, Vocales, El corazón atormentado o La taberna verde.

En la taberna verde

Llevaba ocho días destrozando mis zapatos

en los los guijarros del camino. Entré en Charleroi.

En la Taberna Verde: pedí unas rebanadas de pan

con mantequilla y jamón que estuviese templado.

Feliz, estiré las piernas bajo la mesa

verde: contemplé los motivos muy ingenuos

del tapiz. Y fue encantador, cuando

la chica de enormes tetas y ojos vivos,

-¡a esa sí que no le asusta un beso!

-risueña, me trajo rebanadas con mantequilla,

jamón tibio, en un plato coloreado,

jamón rosa y blanco aromado con un diente

de ajo y me llenó la inmensa jarra con su espuma

que doraba un rayo de sol atrasado.

Rimbaud es un personaje cautivador. Se ha convertido en un icono de la cultura pop. Su vida, una tragedia al límite con penurias y desencuentros impregna cada palabra de sus poemas. Sus días de gloria, las horas de bajeza, el amor, el desamor, sus viajes por toda Europa atrapan a cualquiera que decida adentrarse en su universo. Cualquier persona puede identificarse con un episodio de la vida de Rimbaud y, eso, todavía lo hace más atractivo.

Virtuoso literario, la genialidad de sus obras en contraposición con su fatídicas experiencias vitales hacen dudar a quien escribe sobre él si hacerlo como un ángel con un don o un demonio destinado y adicto al sufrimiento. 

La parte sombría de su personalidad, su empeño por cambiar la visión del mundo a través de la poesía, su ímpetu por romper con lo establecido y apostar por nuevas formas creativas, su obstinación, su amor desmedido, su miedo, su sufrimiento…, son razones suficientes para entender porqué un artista polifacético como Arturo Doñate se siente atraído por él.

Acabamos este post con los primeros versos de Una temporada en el infierno y os invitamos a que os perdáis en cada letra y busquéis vuestro Rimbaud.

Una temporada en el infierno

Une saison en enfer, Arthur Rimbaud (1854-1891)

En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos.

Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas —la encontré amarga— y la injurié.

Me he armado contra la justicia.

Me fugué. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio! Fue a vosotros que confié mi tesoro.

Logré hacer desaparecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre cualquier alegría, para estrangularla, di el salto sordo de la bestia fiera.

Llamé a los verdugos para que, al parecer, pudiese morder la culata de los fusiles. He invocado los desastres para ahogarme con la arena y la sangre.

La desgracia ha sido mi dios. Me he tendido en el cieno. Me he secado con el aire del crimen. Le he gastado buenas bromas a la locura.

Y la primavera me trajo la risa horripilante del idiota.

Luego, últimamente, cuando me he visto a punto de lanzar mi último aullido, se me ocurrió buscar la llave del festín antiguo para ver si, ella, recobraba el apetito.

La caridad es esta llave. Esta inspiración demuestra que lo he soñado.

"Seguirás siendo hiena, etc..." -insiste el demonio que me coronó con tan amables adormideras.

"Llega a la muerte con todos tus apetitos, con tu egoísmo y con todos tus pecados capitales."

¡Ah! ya aguanté lo mío:

—Pero, querido Satán, os conjuro; ¡miradme con ojos menos irritados! Y aguardando las pequeñas cobardías en demora, para vos que apreciáis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, voy a destacar algunas odiosas hojas de mi carné de condenado.

Arthur Rimbaud (1854-1891)

Extracto de Una temporada en el infierno.

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